Damaturu y Maiduguri: Lecciones de dos ciudades que crecen a partir del desplazamiento forzado.

Damaturu y Maiduguri son las capitales de los estados de Borno y Yobe en el norte de Nigeria. Ambas capitales han sufrido ataques de grupos insurgentes y terroristas en sus microrregiones que han empujado a las poblaciones rurales a buscar refugio dentro de los limites urbanos. Esto implica un ejercicio de planificación del desarrollo urbano muy delicado considerando que las comunidades desplazadas son especialmente vulnerables, tanto en términos del trauma vivido, como así también en termino de despojo de sus tierras que se vieron forzados a abandonar y dificultades para sobrevivir en una ciudad donde el precio de items básicos como la vivienda, el agua y los alimentos tienden a adquirir valores astronómicos.

Maiduguri es la ciudad capital del estado de Borno que ha resultado altamente afectado por la violencia motivando la definición de un borde de seguridad patrullado y controlado por unidades del ejército dentro de cuyos perímetros la población local y los desplazados pueden asentarse con niveles aceptables niveles de seguridad. Esto lleva naturalmente al mayor volumen de población residente y la improvisación de ciertos servicios urbanos básicos como vivienda, escuelas, centro de salud, agua y saneamiento. La coexistencia de distintos grupos comunitarios ha sido un tema que el gobierno se ha ocupado muy especialmente para prevenir conflictos entre grupos rivales. La creación de unidades urbanas bajo estricta vigilancia ha jugado un rol crítico en planear el funcionamiento de la estructura urbana en forma eficiente y efectiva. 

La proliferación de asentamientos informales y áreas fuera del control del ejercito define zonas altamente vulnerables a ataques y por ende, con deficiencias muy notables en termino de escasez de recursos básicos como agua y alimentos. Aunque las agencias de las Naciones Unidas se encuentran presentes en la ciudad, sus posibilidades de actuación se encuentran limitadas a operar en las zonas seguras y cuando los proyectos obligan  a salir de esa zona, es necesario contar con custodia militar especial. La vida urbana es tensa y esto puede percibirse fácilmente con una simple visita. Transporte público y servicios públicos son provistos en una modalidad de emergencia con deficiencias en planeamiento y especialmente mantenimiento multiplicando desafíos operativos.    

La presencia de edificios religiosos y centros comunitarios juegan un papel central en la cohesión de la población que simbólicamente aporta un significado importante en término de estabilidad y confort. En este contexto, la presencia de población desplazada suma un ingrediente clave en los esfuerzos de proveer de soluciones habitacionales durables creando, por una parte, un mayor déficit de los servicios urbanos más básicos compartidos por la población huésped estable de la ciudad, pero, por otra parte, generando nuevas redes de solidaridad y trabajo conjunto entre la población residente y la visitante.        

 Justamente es en este punto en el que las soluciones durables comienzan a contar: Cuando son capaces de generar formas de hábitat dignas, adecuadas y sostenibles en el tiempo a partir de la solidaridad que genera cualesquiera crisis humanitarias. Sin este elemento fundante, los esfuerzos de organismos internacionales junto a gobiernos afectos tienden a resultar siempre insuficientes.  Una de las lecciones fundamentales de la resiliencia, precisamente para que pueda considerarse cualquier proyecto como tal, es la capacidad de generar enseñanzas y formas superadoras de reconstruir mejor. No se trata de equipar los barrios de ambas ciudades con recursos militares tecnológicos que permita adelantarse a los riesgos de ataque y de tensión entre desplazados y comunidades huéspedes, sino de generar condiciones de hábitat que ayuden a la cohesión social y no, al revés.  La comparación entre ambas ciudades que han tenido la capacidad de seguir operando como capitales de estado albergues de enormes grupos de población desplazada traumatizada enseña que además de decisiones de planificación urbana inteligentes, control de la densidad y usos de suelo adaptados a la emergencia, compacidad fruto del temor a ataques y manejo controlado de recursos escasos, en particular hídricos y alimentos, necesita una estrategia regional adaptada. Esto implica manejar los medios de transporte tanto terrestres como fluviales y aéreos en una forma coordinada de modo de asegurar evacuaciones de personas que requieren tratamientos de acuerdo a la agenda de maniobras del ejercito. La planeación de la micro-región circundante a amabas ciudades necesita contar con equipamiento para el abastecimiento de agua y comida capaz de sostener asedios por períodos prolongados de tiempo.   

Desplegar estrategias de planificación y ordenamiento urbano y regional con una lógica humanitaria y resiliente requiere de conocimientos multidisciplinarios que necesariamente demanda la conformación de equipos técnicos interinstitucionales coordinados en forma adecuada. Es en este contexto que el trabajo técnico de coordinación humanitaria interregionales fundamental sostenido por criterios de defensa de derechos humanos respaldada por organizaciones con capacidades y mandatos claros que estructuren y sostengan un proceso efectivo de planificación y gestión de recursos que protejan los derechos de personas y comunidades afectadas por el desplazamiento con una mirada de largo plazo puesta en la construcción de ciudades sostenibles y resilientes...  

   
 


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