En este tiempo he mantenido estrechos vínculos con profesionales colegas arquitectos y urbanistas palestinos como igualmente de nacionalidad israelí con quienes siempre hemos mantenido un dialogo fluido y positivo en torno a la misma pasión: Como contribuir a una solución sólidamente técnica que realmente revierta el círculo de violencia y desposesión por uno virtuoso de construcción de derechos, dignificación y felicidad. He disfrutado del humus, la cultura y la hospitalidad musulmana como asimismo he aprendido a apreciar la sabiduría de los patriarcas y profetas Hebreos, verdaderos faros de amor para la humanidad toda. A lo largo de todo este tiempo he sido testigo de crisis humanitarias recurrentes que, además del enorme sufrimiento de población inocente en ambos lados de la frontera, también han dejado la enorme frustración de sentir que más allá de la buena voluntad de todas las partes, los temas centrales continúan siendo ignorados, o confundidos en un cúmulo de desaciertos históricos que ya entrados en el siglo XXI resulta totalmente inaceptables.
Asique este último episodio de violencia, aunque igualmente doloroso no resulta en absoluto sorprendente. Más allá que esta última
escalada de violencia tiene algunos rasgos inéditos a las anteriores, por un
conjunto de factores culturales y tecnológicos, es importante repasar las causas
y posibles perspectivas de solución, o agravamiento del conflicto. El 14 de
mayo de 1948, solo tres años después del fin de la segunda guerra mundial, el estado
de Israel era creado. Constituyó esto un hecho histórico, no solo para los
ciudadanos de ese país y todos aquellos asociados étnica, cultural y
religiosamente a su pueblo, sino para todos nosotros, el resto del mundo. Pero
esta fecha tan relevante significó también para quienes vivían en esa tierra asignada
al pueblo que fue la víctima principal de la brutalidad de la segunda guerra
mundial, una desgracia. Significó nada menos que la pérdida de sus territorios
ancestrales y al mismo tiempo traspaso de personas libres a un estatus de
refugiado paradójicamente en su propia tierra. Desde esta matriz original
del conflicto, el plan de participación de las Naciones Unidas a la
redefinición de las fronteras del “futuro” estado palestino han ido cambiando, siempre
perdiendo territorios. Aun la guerra de 1967 y la definición de sus fronteras
lograron terminar de definir dos enclaves separados, la Franja de Gaza,
sobrepoblada y con una diminuta superficie para sostener su número creciente de
población y el West Bank, un territorio un poco más amplio pero intrusado en
forma creciente por asentamientos ilegales israelíes de colonos nacionalistas.
La situación no podía ser más insostenible para materializar la siempre esquiva
promesa de crear finalmente un estado palestino.
La no creación de un estado palestino implica que toda la
responsabilidad de lo acaecido a una población vejada en sus derechos humanos
fundamentales, como la seguridad, la alimentación y la libertad, lleve
necesariamente a afectar los derechos de todos aquellos que vivan en sus
inmediaciones físicas. Por esta razón es que, para el estado de Israel, como
asimismo para todos nosotros el “resto del mundo” la resolución de la cuestión
palestina es central a nuestra propia realidad. Nada ocurre en el mundo que no
nos afecte de una manera u otra a todos. Es imposible e ingenuo pensar que se
puede violar los derechos humanos de todo un pueblo, se los puede maltratar a
diario como personas de segunda categoría, sin que tenga consecuencias. No es posible
imaginar un futuro posible para un pueblo al que se le ha despojado de sus
territorios, se los ha rodeado de muros con sistemas de seguridad “inteligentes”,
pues tarde o temprano los muros caen y lo que parecía inteligente no sirve para
resolver los problemas, solo dilatar las posibles soluciones.
Si, de verdad, queremos un futuro sostenible es necesario
reconocer que todos los seres humanos tienen derecho a ser parte de un estado nacional,
que la era de ciudadanos de primera y de segunda ya no es aceptable en el siglo
XXI en ninguna de sus formas. Palestina nos interpela a pensar profundamente en
todos aquellos grupos marginales, migrantes y desplazados, comunidades
originarias que son maltratados por estados que en su afán de ordenar sus
territorios los someten brutalmente y cuando estos reaccionan en su propia
defensa paradójicamente se transforman en una causa clave de inseguridad. Por
esta razón es evidente la importancia de contar con un monitoreo del
cumplimiento de los derechos humanos en la zona, a cargo de organismos
independientes que más allá de la raza, credo y condición social de
las personas den cuenta de las condiciones de vida y
no solamente cuando los demonios de la ira han sido desatados. Quizá podríamos
empezar por nosotros mismo, cada uno en su realidad, tratar de entender las
razones profundas respecto a porque nos rodea tanta violencia, y como contribuir
a construir los derechos de quienes padecen su ausencia. Al fin y al cabo, las enseñanzas de la antigüedad respecto a "amar al prójimo como a uno mismo" y dejar de ver los defectos ajenos y no ver la enorme viga en nuestra propia vista, parecen ser más actuales que nunca.



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