Palestina y nosotros

Palestina es nuevamente noticia. Otra vez la prensa internacional vuelve a reportar sobre incursiones militares y violencia por doquier. Nuevamente la humanidad vuelve a escuchar de bombardeos y escombros, de terroristas enmascarados y con casos. Una vez más los campeones de la libertad y los derechos humanos vuelven a aparecer consternados prometiendo tomar control de la situación y castigar a sus responsables. Seguramente la Organización de las Naciones Unidas volverá a reunirse por, enésima vez en los tres tercios de siglo que lleva el conflicto, para llegar a la misma conclusión de llamar a ambas partes a la calma y volver a la mesa de negociación. Esa misma que durante tanto tiempo no llevo a ninguna solución. Empecé a trabajar en 1997 en la franja de Gaza, luego entre 1999 y 2001 en el West Bank, regresando entre 2005 y 2017/8 en temas de planeamiento territorial y construcción de barrios para hogares de refugiados que perdieron sus viviendas en incursiones militares. En toda esta rica experiencia he aprendido que ese estado de reconstrucción urbana permanente es consecuencia de un mal entendido entre dos vecinos y parientes que en lugar de escucharse y entenderse para resolver pacíficamente sus problemas han preferido buscar cada uno su propia solución con resultados desastrosos. 

En este tiempo he mantenido estrechos vínculos con profesionales colegas arquitectos y urbanistas palestinos como igualmente de nacionalidad israelí con quienes siempre hemos mantenido un dialogo fluido y positivo en torno a la misma pasión: Como contribuir a una solución sólidamente técnica que realmente revierta el círculo de violencia y desposesión por uno virtuoso de construcción de derechos, dignificación y felicidad. He disfrutado del humus, la cultura y la hospitalidad musulmana como asimismo he aprendido a apreciar la sabiduría de los patriarcas y profetas Hebreos, verdaderos faros de amor para la humanidad toda.  A lo largo de todo este tiempo he sido testigo de crisis humanitarias recurrentes que, además del enorme sufrimiento de población inocente en ambos lados de la frontera, también han dejado la enorme frustración de sentir que más allá de la buena voluntad de todas las partes, los temas centrales continúan siendo ignorados, o confundidos en un cúmulo de desaciertos históricos que ya entrados en el siglo XXI resulta totalmente inaceptables.    

Asique este último episodio de violencia, aunque igualmente doloroso no resulta en absoluto sorprendente. Más allá que esta última escalada de violencia tiene algunos rasgos inéditos a las anteriores, por un conjunto de factores culturales y tecnológicos, es importante repasar las causas y posibles perspectivas de solución, o agravamiento del conflicto. El 14 de mayo de 1948, solo tres años después del fin de la segunda guerra mundial, el estado de Israel era creado. Constituyó esto un hecho histórico, no solo para los ciudadanos de ese país y todos aquellos asociados étnica, cultural y religiosamente a su pueblo, sino para todos nosotros, el resto del mundo. Pero esta fecha tan relevante significó también para quienes vivían en esa tierra asignada al pueblo que fue la víctima principal de la brutalidad de la segunda guerra mundial, una desgracia. Significó nada menos que la pérdida de sus territorios ancestrales y al mismo tiempo traspaso de personas libres a un estatus de refugiado paradójicamente en su propia tierra. Desde esta matriz original del conflicto, el plan de participación de las Naciones Unidas a la redefinición de las fronteras del “futuro” estado palestino han ido cambiando, siempre perdiendo territorios. Aun la guerra de 1967 y la definición de sus fronteras lograron terminar de definir dos enclaves separados, la Franja de Gaza, sobrepoblada y con una diminuta superficie para sostener su número creciente de población y el West Bank, un territorio un poco más amplio pero intrusado en forma creciente por asentamientos ilegales israelíes de colonos nacionalistas. La situación no podía ser más insostenible para materializar la siempre esquiva promesa de crear finalmente un estado palestino.

La no creación de un estado palestino implica que toda la responsabilidad de lo acaecido a una población vejada en sus derechos humanos fundamentales, como la seguridad, la alimentación y la libertad, lleve necesariamente a afectar los derechos de todos aquellos que vivan en sus inmediaciones físicas. Por esta razón es que, para el estado de Israel, como asimismo para todos nosotros el “resto del mundo” la resolución de la cuestión palestina es central a nuestra propia realidad. Nada ocurre en el mundo que no nos afecte de una manera u otra a todos. Es imposible e ingenuo pensar que se puede violar los derechos humanos de todo un pueblo, se los puede maltratar a diario como personas de segunda categoría, sin que tenga consecuencias. No es posible imaginar un futuro posible para un pueblo al que se le ha despojado de sus territorios, se los ha rodeado de muros con sistemas de seguridad “inteligentes”, pues tarde o temprano los muros caen y lo que parecía inteligente no sirve para resolver los problemas, solo dilatar las posibles soluciones.    

Por supuesto que a todos nos horroriza la violencia desatada y las incursiones terroristas orquestadas para destruir a un estado moderno y consolidado como es Israel. Pero lo más terrible es que no nos horrorice igualmente las atrocidades y vejaciones que a diario vive el pueblo de palestina en cuya desesperación sus líderes no pueden ver otra opción más que la violencia. Hubo alguna vez opciones. La creación de un estado palestino o la integración de ambas poblaciones bajo un mismo estado con los mismos derechos y con reglas claras y equitativas respecto al usufructo de su territorio. Las Naciones Unidas, en sus diversas declaraciones insisten con que es necesario no “dejar a nadie atrás” y para medir el avance de la humanidad ante los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODSs) del Milenio, establecen 17 indicadores concretos para su medición. Pero en Palestina el reloj de la historia parece haberse detenido en la infame “era del apartheid”. Creo que es hora de ver en el conflicto un espejo de los conflictos globales que enfrentan todos los países. Seguir reproduciendo la narrativa de la “guerra” entre dos bandos igualmente responsables de lo que sucede no contribuye realmente a su resolución, ya que cristaliza la lógica de estados con ciudadanos con plenos derechos y terroristas, bandidos y fuera de la ley, defensores de los derechos de los más débiles. Cuando los estados buscan venganza de actos terroristas se convierten automáticamente en aquello que dicen querer combatir. Movilizados por el dolor o la ira se puede simpatizar con unos o con otros, pero nada debe opacar la racionalidad detrás del reclamo por la resolución de las demandas por los derechos humanos del pueblo palestino, huérfanos por demasiado tiempo de un estado que los proteja y los defienda, ante el silencio ensordecedor de la comunidad internacional, la misma que hipócritamente hoy pretende mostrar solidaridad con Israel, ignorando el incumplimiento de los tratados internacionales sobre fronteras y la libre determinación de los pueblos.   

Si, de verdad, queremos un futuro sostenible es necesario reconocer que todos los seres humanos tienen derecho a ser parte de un estado nacional, que la era de ciudadanos de primera y de segunda ya no es aceptable en el siglo XXI en ninguna de sus formas. Palestina nos interpela a pensar profundamente en todos aquellos grupos marginales, migrantes y desplazados, comunidades originarias que son maltratados por estados que en su afán de ordenar sus territorios los someten brutalmente y cuando estos reaccionan en su propia defensa paradójicamente se transforman en una causa clave de inseguridad. Por esta razón es evidente la importancia de contar con un monitoreo del cumplimiento de los derechos humanos en la zona, a cargo de organismos independientes que más allá de la raza, credo y condición social de las personas den cuenta de las condiciones de vida y no solamente cuando los demonios de la ira han sido desatados. Quizá podríamos empezar por nosotros mismo, cada uno en su realidad, tratar de entender las razones profundas respecto a porque nos rodea tanta violencia, y como contribuir a construir los derechos de quienes padecen su ausencia. Al fin y al cabo, las enseñanzas de la antigüedad respecto a "amar al prójimo como a uno mismo" y dejar de ver los defectos ajenos y no ver la enorme viga en nuestra propia vista, parecen ser más actuales que nunca.     

Volver a escenas dantescas de una Gaza arrasada por la represalia militar de un estado supuestamente serio y democrático frente a una población indefensa invita a pensar más que en justicia en un juego macabro de intereses políticos en los que la población civil de un lado y otro de las fronteras participan como víctimas sin entender los planes diabólicos que se pergeñan en las altas esferas. Algunos amigos me hicieron llegar estas fotos de barrios en los que he trabajado proyectando y construyendo que hoy son destruidos injustamente y sin ninguna misericordia, porque en verdad la gente que allí vive me consta que no tuvo nada que ver con el terrorismo y mucho menos con esta último enfrentamiento, ante la complicidad de un mundo "libre" que calla y hasta aplaude y justifica tales actos de brutalidad frente a semejante atropello a la inteligencia y humanidad más elemental. Me costó mucho publicar estas fotos por no herir la sensibilidad de los lectores de este blog. Pero creí que no publicarlas, habiendo sido compartido por personas honestas y pacificas que ahora mismo están sufriendo los horrores de la guerra habría sido aún más violento e impúdico.   




               

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